Hace tiempo
que negocio con la comodidad.
Con el alivio
de no romper nada.
Con la mentira
de creer
que el silencio
también sabe cuidar.
Pero hay puertos
que terminan pareciéndose demasiado
a una cárcel.
Y yo hace tiempo
que dejé de mirar el mar.
No sé cuándo pasó.
Tal vez fue
cuando empecé a reconocer un perfume
mucho después de que ya no estuviera.
O cuando descubrí
que algunas canciones
dejaban de sonar ajenas.
O cuando escribí cartas
solo para destruirlas
antes de que aprendieran tu nombre.
Hay personas
que aprenden fechas.
Yo quería aprender
esas cosas diminutas
que nadie se detiene a conocer.
La forma
en que el desorden
también puede ser hermoso.
La manera
en que una mirada
consigue quedarse
mucho después de haber terminado.
La paz
de rezar por alguien
antes que por uno mismo.
Y entonces entendí
que el tiempo
no estaba esperando.
Era yo.
Esperando el momento perfecto,
como si el miedo
alguna vez
supiera construir futuros.
Si voy a perder algo,
que sea por haberme animado.
Nunca
por haberme quedado.
Porque hay incendios
que no nacen para destruir.
Nacen
para que uno deje de vivir
entre cenizas
que todavía no existen.
Y si al otro lado
no hubiera puerto,
al menos podré decir
que una vez
dejé de negociar con la comodidad,
quemé los barcos,
y acepté
que volver
ya no era una opción.
