He tenido dos viajes psicodélicos hasta ahora. En ambos atravesé lo que suele llamarse la muerte del ego. Antes de eso tuve que preguntarme qué era realmente el ego, no como definición académica, sino como algo que se siente todos los días. El ego es esa parte de uno mismo que gira constantemente alrededor del “yo”: lo que soy, lo que quiero, lo que me duele, lo que necesito. Es la voz que ordena el mundo desde la propia conveniencia y que, muchas veces, impide ver algo más allá.
La muerte del ego no es una experiencia elegante ni clara. No llega como una revelación, llega como una caída. Para mí fue la desaparición de quien había aprendido a ser. No una transformación gradual, sino un derrumbe. Primero se pierde el control. Después, la identidad. Los pensamientos siguen apareciendo, pero ya no hay nadie que los sienta como propios. El cuerpo deja de sentirse familiar. El nombre se borra. La memoria empieza a fallar. No queda historia personal a la que volver.
La sensación es la de estar muriendo de verdad. No como metáfora. Es una confusión total, porque no sabés qué está pasando ni cuánto va a durar. Intentás recordar quién sos, qué hiciste, por qué estás ahí, pero esas preguntas ya no tienen sentido. No hay respuestas porque ya no hay un “alguien” preguntando. Para muchos, ese momento es puro terror: la certeza de haber ido demasiado lejos, de haber roto algo que no se puede arreglar.
Y después, cuando la resistencia se termina, aparece algo inesperado: una calma profunda. No es alivio ni felicidad, es descanso. Como si ya no hubiera nada que sostener. No hay miedo, porque no hay nada que pueda perderse. No hay urgencia, no hay expectativas. El silencio no pesa, acompaña. No hay pensamientos claros ni emociones reconocibles, pero tampoco hacen falta. No hay tiempo, no hay pasado ni futuro. Solo una presencia quieta, estable, donde estar “muerto” no se siente mal, se siente tranquilo.
Cuando el yo se disuelve del todo, también se disuelve la sensación de estar separado. No hay un adentro y un afuera claros. Todo parece formar parte de lo mismo. No es una idea elevada ni espiritual, es una percepción directa: la separación deja de existir. Y, paradójicamente, eso no siempre se siente como unión amorosa. A veces se siente como una soledad inmensa. Pero no una soledad dolorosa, sino una sin carencia. No hay otro enfrente, pero tampoco hay necesidad de que lo haya. Nada falta. Nada sobra.
Después de esa experiencia —una especie de muerte simbólica— queda muy poco. El regreso no es inmediato. La identidad vuelve fragmentada, como algo armado de nuevo con piezas que ya no encajan igual. Aparece una sensación de vacío difícil de nombrar. Una especie de distancia con todo. Como si el mundo siguiera funcionando, pero vos lo miraras desde otro lugar. Aun así, algo queda intacto: la sensación de haber estado, aunque sea por un momento, completamente en paz.
En ese espacio empiezan a aparecer recuerdos. Personas. Mi familia. Mis amigos. Gente que quise, gente que me hirió, gente a la que herí. La imagen de quién fui se vuelve borrosa, como algo visto desde muy lejos. Y ahí entendí algo que nunca había entendido del todo: soy quien soy por las personas que pasaron por mi vida. No como una idea romántica, sino como un hecho.
Ese pensamiento fue el mismo que me sostuvo en un momento en el que intenté quitarme la vida. No podía desaparecer mientras todavía hubiera alguien que necesitara ser escuchado. O alguien a quien yo todavía pudiera escuchar. Aunque no supiera qué decir. Aunque solo pudiera estar.
Desde entonces empecé a mirar a los demás de otra manera. Incluso a quienes rechazo o me rechazan. Con el tiempo entendí que, en el fondo, casi todos buscan lo mismo: ser queridos, ser tenidos en cuenta. Pensado así, muchas actitudes dejan de parecer maldad y empiezan a parecer dolor.
La muerte del ego no te enseña cómo vivir ni te vuelve mejor automáticamente. Te saca certezas. Te deja sin defensas. Te obliga a mirarte sin la versión cómoda de vos mismo. Eso puede ser muy difícil. Para algunas personas puede ser demasiado. Puede generar rechazo hacia la propia vida, incomodidad con quien uno es, una sensación de que seguir igual ya no alcanza.
Con el tiempo entendí que esa experiencia fue un antes y un después. No es inmediato. No es fácil. Pasó casi un año y recién ahora puedo decir que no soy la misma persona. No porque haya encontrado respuestas definitivas, sino porque empecé a construir algo distinto. Más lento. Más consciente. Más atento a los demás.
Aprendí quién quiero ser. Aprendí, también, que las personas que me rodean están intentando ser algo, como yo. Y entendí —de una forma simple, quizá ingenua— que al final del día la gente solo quiere ser querida. Yo también.
Y ahí estoy ahora. Intentando querer mejor. Intentando estar. Con la esperanza de que, en ese gesto, yo también pueda sentirme querido. No como una recompensa, sino como algo que sucede cuando uno deja de mirarse todo el tiempo a sí mismo.
