Hay personas que llegan a la vida de uno sin avisar, sin contexto y sin permiso. No vienen a quedarse necesariamente, ni a cumplir un rol claro. Simplemente aparecen.

Ella es joven, y aun así ha cargado más de lo que le correspondía. Como todos, ha sufrido; pero a diferencia de muchos, eligió no endurecerse. Sigue sonriendo. Sigue riéndose. Sigue viviendo, intentando, incluso cuando la vida se empeñó en demostrarle que podía ser cruel. La lastimaron. Le fallaron. Se aprovecharon de su confianza. No una vez, sino las suficientes como para que la esperanza empiece a resquebrajarse. Y aun así, no se rompió del todo.

Hay heridas que no se ven, pero que cambian la forma en la que uno ama, confía y se entrega. Ella es consciente de las suyas. No las niega. Las enfrenta. Lucha por entenderlas, por corregirse, por sanar. Eso, para mí, la vuelve extraordinaria. Por seguir siendo buena en una sociedad que muchas veces premia lo contrario. Qué suerte tiene este mundo de tenerla.

Quisiera decir que esto es solo admiración, pero sería mentirme. Una verdad que se queda a mitad de camino, una confesión que no tendrá destinataria. Porque no siempre falta afecto: a veces falta coraje. Y yo elegí esconderme. Elegí no perderte, aun sabiendo que esa decisión tiene algo de cobardía y algo de condena. Me quedé cerca.

Hay tantas cosas que quisiera decirte sin saber cómo. Me encanta preguntarte cómo fue tu día y escuchar de verdad la respuesta. Saber qué te preocupa, qué te cansa, qué te hace sentir a salvo. Quisiera estar cuando el mundo se te vuelva pesado, no para salvarte, sino para acompañarte. Aprender qué te hace reír, qué te lastima, cómo necesitás ser querida. No para imponerte una forma de cariño, sino para aprender la tuya.

No soy perfecto. Estoy lejos de serlo. Pero hay una parte de mí que estaría dispuesta a transformarse, no por obligación, sino por elección. A entenderte incluso en lo que no decís. A cuidar también los detalles pequeños, esos que casi nadie ve, pero que sostienen todo lo demás. Ojalá nunca dejes que una sociedad áspera te convenza de apagar lo que sos.

Muchas noches le pregunto a Dios por qué apareciste así, de golpe. Qué sentido tiene cruzarse con alguien así si no es para quedarse. Si hay algún propósito en ponerte frente a mí, en recordarme que todavía soy capaz de sentir y de querer. Tal vez no sea una promesa. Tal vez sea solo un recordatorio.

No sé si algún día voy a animarme a decírtelo. Por ahora, mi corazón se conforma con la ilusión. Con ese deseo silencioso de algo que no fue, pero que, de alguna manera, existe. Me quedaré acá, sin saber cuándo volveré a cruzarte, o si la vida me va a conceder siquiera ese gesto. Viendo cómo sanás, cómo crecés, cómo seguís siendo luz incluso cuando no lo intentás. Esperando. No por obligación o compromiso, sino porque, aun en el silencio, quererte ya cambió algo en mí.

Con amor,
Alexander

Escrito originalmente en febrero de 2026.