No hablo de marihuana (que también me gusta, pero eso queda para otra publicación). Hablo del pasto de verdad. Me gusta porque es verde. Y el verde, remite a la naturaleza, a la vida, al crecimiento, a cierta idea de renovación.
Nunca me gustaron los grandes espacios de tierra desnuda. Y eso era exactamente lo que tenía el frente de mi patio: tierra, nada más. Durante mucho tiempo intenté trasplantar pasto, pero no hubo caso. La tierra estaba demasiado dura, casi arcillosa. Hasta que un día, después de lo que solo puedo describir como un ataque de locura relacionado con el pasto, me levanté y dije: voy a poner pasto.
Hay varias formas de hacerlo. Una es trasplantar, llevando pequeños bloques de tierra con pasto ya crecido y distribuyéndolos por el terreno. Es el método tradicional, pero requiere buena tierra y bastante tiempo. No era mi situación. Así que tomé otra decisión: comprar tierra. Literalmente. Traje una camionada y la tiré en el patio. Pasé casi dos días enteros distribuyéndola. Es un trabajo muy agotador, más de lo que parece, pero se logró.
La otra opción es sembrar con semillas. Y sí, esa fue la que elegí. Fui al vivero más cercano y compré tres bolsas de semillas de césped. La chica que me atendió —muy amable, por cierto— me dijo que era el mismo césped que se usa en canchas de fútbol: fino, parejo y bien verde. Una vez distribuida la tierra, esparcí las semillas, agregué algo de compost y empecé a regar todos los días. El césped necesita básicamente dos cosas: agua y sol. Pensé que el sol no era tan determinante, pero me equivoqué. En las zonas con sombra, el crecimiento fue claramente menor.

5 días después
Como era de esperarse, dejé muchas semillas expuestas. Resultado: los pájaros hicieron lo suyo.
10 días después
Casi dos semanas más tarde, empezaron a verse pequeños brotes verdes por toda el área.

Resultado final
Después de aproximadamente un mes y medio, el patio estaba completamente verde. Un césped hermoso. Tan hermoso que mis mascotas se pasaban el día ahí: se sentaban, se revolcaban, lo disfrutaban. En ocasiones, yo también. Por suerte —hasta donde sé— no me llevé ninguna pulga ni garrapata. En la foto está Rufo, claramente conforme con el resultado.

Final trágico
El césped sembrado tiene un problema: las raíces tardan en afirmarse. Durante ese tiempo, el pasto debe mantenerse largo. Yo tuve la desgracia de que quien lo cortó lo hizo demasiado al ras, arrancando raíces y debilitándolo. Al principio parecía que no había pasado nada, pero con los días empecé a notar cómo, lentamente, el césped comenzaba a secarse.

El pequeño paraíso que había construido a fuerza de pala y paciencia desapareció. No hubo recuperación posible. Todo volvió a ser tierra.

Actualmente el patio está hecho un desastre porque estamos remodelando la casa: arreglos de cañerías, un piso nuevo, obra en general. Pero quedó todavía una parte importante de tierra. Tierra que ahora está más blanda. Y eso, para mí, es una oportunidad. La oportunidad de volver a intentarlo. De volver a verlo verde. Y eso es exactamente lo que voy a hacer.
