El día después de su partida,
el mundo siguió, siguió la vida.
El sol salió sin preguntar,
como si nada fuese a cambiar.
La cocina volvió a encender,
había bocas que alimentar;
la comida costaba tragar,
igual que el dolor de recordar.
Algunos lloraron sin esconder,
otros callaron por no ceder;
cada quien llevó su pesar,
sin saber cómo continuar.
La luna brilló como suele hacer,
pero algo en ella dejó de ser;
tan llena arriba, tan fría al mirar,
como un vacío imposible de nombrar.
Y al final todos volvieron,
a sus hogares desaparecieron,
dejándolo solo en aquel lugar,
porque la vida no sabe esperar.
Él no quería ser un amigo ausente,
ni un hijo perdido en la mente,
ni un primo del que no queda voz,
ni un hermano reducido al adiós.
Pero estaba cansado, cansado de más,
de una guerra que no encontraba paz.
Y alguien un día le hizo jurar:
“Prometeme que te vas a quedar.
Prometeme que no va a vencer,
eso oscuro que te hace caer.
Prometeme, por favor, seguir,
prometeme quedarte aquí.”
Ahora alguien lo visita al pasar,
cada día vuelve a buscar,
pero el eco responde en su lugar:
él ya no está.
