Una persona desea que su vida termine cuando deja de percibirla como algo abierto. Cuando el futuro se vuelve una repetición de dolor, cuando no hay aspiraciones creíbles, cuando los vínculos (platónicos o románticos) parecen inexistentes o irreparables. En ese punto, la idea de seguir viviendo deja de sentirse como una decisión y empieza a sentirse como una condena. Casi siempre hay detrás un trauma profundo, una enfermedad mental, o ambas cosas. Experiencias que erosionan la capacidad de pensar con claridad y hacen que el mundo se vea reducido a una sola salida.
Se suele decir que la enfermedad mental “distorsiona los pensamientos”. La frase es correcta, pero insuficiente. No se trata solo de pensar mal, sino de sentir que todo pensamiento conduce al mismo lugar. El suicidio aparece entonces no como un deseo de morir, sino como un deseo de que algo termine.
El argumento más repetido contra esa idea es que terminar con la propia vida impide que algo malo vuelva a suceder, pero también impide que algo bueno suceda. Por eso se lo considera un error. El problema es que este razonamiento suele fallar frente a quien sufre, porque presupone algo que esa persona ya no puede creer: que lo bueno sigue siendo una posibilidad.
Entonces me surge una pregunta. Si dejamos de lado la religión, la moral heredada y los discursos tranquilizadores, ¿no es cada persona dueña de su propia vida? ¿No debería poder decidir si vale la pena seguir asumiendo el riesgo de sufrir más, solo por una posibilidad incierta de alivio?
En términos estrictamente individuales, la vida podría entenderse como un activo personal. Algo que uno administra, continúa o abandona. Pero todos sabemos que no es tan simple. La consigna de “mi cuerpo, mi decisión” se vuelve insuficiente cuando se trata de la muerte, porque la vida nunca es solo propia. No vivimos aislados. Incluso cuando nos sentimos solos, seguimos ocupando un lugar en la vida de otros.
El suicidio no ocurre en el vacío. Tiene efectos. Se propaga como una grieta silenciosa. Hay personas que quedan marcadas para siempre, otras que empiezan a considerar la idea como una opción posible, otras que cargan con preguntas que nunca se responden. Siempre hay alguien que dependía (aunque sea mínimamente) de nuestra existencia: alguien que necesitaba una palabra, una presencia, una referencia. Incluso alguien que todavía no conocemos.
No digo esto como reproche. Nadie que piensa en quitarse la vida está actuando desde el egoísmo. Al contrario, muchas veces lo hace desde la convicción de ser una carga. Pero esa convicción también es una forma de ceguera.
Entonces, ¿cómo se deja de considerar el suicidio como una alternativa real? En mi caso, recurrí a lo que llamé el “síndrome del caballero divino”. Existe una frase muy repetida: “Dios les da sus peores batallas a sus mejores guerreros”. No está en la Biblia. No tiene respaldo teológico. Pero eso no la vuelve inútil.
Pensarse como alguien asignado a ciertas tareas (escuchar, acompañar, estar cuando alguien no puede más) me permitió sostenerme cuando no encontraba razones para hacerlo por mí mismo. No porque mi dolor tuviera un valor especial, sino porque todavía podía servir para algo.
Esa idea le dio una forma mínima de sentido a mi miseria. ¿Quién soy yo para irme cuando hay personas que necesitan a alguien? No necesariamente a mí. A cualquiera. Pero mientras estoy acá, ese alguien puedo ser yo.
La trampa de esta técnica es que uno empieza a olvidarse de sí mismo. Las propias necesidades quedan relegadas. Pero en ese desplazamiento ocurre algo: al dejar de mirarse de forma constante, el sufrimiento personal pierde centralidad. No desaparece, pero deja de ocuparlo todo. Y mientras uno está ocupado sosteniendo a otros, la idea del suicidio pierde espacio.
¿Puede esta forma de sostenerme volverse en mi contra con el tiempo? Probablemente. ¿Depende de tener personas alrededor? Sí. ¿Y si algún día no quedan amigos, familia, conocidos? ¿Se convierte entonces el suicidio en la conclusión lógica? No. Aun esa circunstancia podría entenderse como otra batalla.
No presento esto como una solución universal. Es lo que, por ahora, me funciona. No sé hasta cuándo. Tal vez cambie. Tal vez evolucione hacia otra forma de comprender mi lugar en el mundo.
En mi caso, la idea (profundamente arraigada en cierta concepción masculina) de ser fuerte para servir al prójimo actúa como un ancla cuando regresan los pensamientos de terminar con todo. Porque la realidad es esta: no hace falta una gran tragedia para recaer. A veces basta un pequeño empujón para que la idea vuelva a aparecer como opción.
Por eso prefiero pensarlo así: mientras haya algo que sostener, me quedo. Si hay peso, se carga. Si hay que estar firme, se está. No porque sea fácil, sino porque alguien tiene que hacerlo.
Hay algo curioso en todo esto: casi nadie atraviesa la vida sin haber pensado, aunque sea una vez, en desaparecer. Eso no nos vuelve débiles; nos vuelve humanos. La diferencia no está en haber tenido ese pensamiento, sino en qué se hace después con él. Algunos se quedan. Otros aprenden a cargarlo. Otros lo transforman en fuerza.
Seguir no siempre es un acto de esperanza. A veces es solo una forma de resistencia. Y resistir, cuando todo empuja en contra, también es una manera de estar vivo.
